El arte sanador del alma

Cuando uno se aventura, viaja a lugares desconocidos o, simplemente, sale de la zona de confort, pasa la primera noche pensando por qué narices hace esto si realmente estaba muy agustito en casa. No te sientes en casa, todo te parece hostil y para nada confortable. Además, todo eso se llena de una sensación de soledad increíble.

Siempre he creído, que cuanto mayor es la aventura, el salto al vacío, más noches se mantiene ese deshazón. Es por eso que en el inicio de esta Expedición, he estado varios días ausente, melancólico y preguntándome constantemente qué estaba haciendo.

Sabía que el tiempo desharía esa sensación, que sería cuestión de días poder sumergir mi mente en el viaje, para disfrutar e ilusionarme con cada paso del Camino. Sin embargo, esos días veía como la gente congeniaba con facilidad, se formaban grupos allá donde mirara.

Los quilómetros pasaban. Las verdes praderas del prepirineo iban dejando paso al amarillento trigo y con él, un calor abrasador.

Pasamos la bella ciudad de Pamplona con las mismas sensaciones del principio. Subiendo al Alto del Perdón, me quedo media hora mirando toda la panorámica. Un paisaje de transformación inmenso. De las altas montañas a la llanura, de la naturaleza a la civilización. Todo era pura transformación, incluso los peregrinos la estaban viviendo, pero yo me quedaba estancado en la sensación de la primera noche.


Finalmente llegamos a Puente la Reina. Me hospedo en un albergue con un gran jardín, en el que los peregrinos desperdigados se relajan. Extrañamente muchos me preguntaban si tocaría el ukelele, seguramente me habrían visto con él en algún lado.

Antes de cenar decido sacarlo y es entonces cuando aparece Paco, un cordobés algo agitanado, con el pelo largo y canoso. Saca una guitarra y se pone a tocar sevillanas  cantándolas con toda su alma. Me acerco allí, y después de un rato de palabrería sacamos una canción que sabemos los dos: “la bamba.”

Empezamos a tocar y todo fluye a la perfección, empieza a cantar a pleno pulmón, y yo hago los coros. Es esa mágia extraña que ocurre cuando compartes música de corazón con alguien. Terminamos la canción a trompicones, pero eso no impide que todos los del albergue aplaudan. En ese instante, levanto la vista y me doy cuenta de que conozco a casi todos, mi sensación de soledad se ahuyenta, ya no hay miedos ni dudas. Todo ello por una canción tan banal como “la bamba”. Quizá es que tan solo es música, el arte sanador del alma.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *