Replantearse en qué soñar

Hoy quiero compartir con vosotros el texto que le escribí a Ricard, un amigo de la uni, que escribió un libro sobre su experiencia allí e intenta inspirar a gente que se sienta perdida en esa época de la vida. Me pidió que le escribiera unas letras para que aparecieran en su novela, así que ahí va:

Conocí a Ricard (o Bruno) en la universidad. Fue la primera persona que me encontré y hablé. Recuerdo que éramos bastante distintos, yo mucho más relajado y con desapego a casi todo, él más involucrado y aplicado en todo. Aunque creo que compartíamos dos cosas, nuestra mente nunca paraba de pensar, cuestionar y exigirnos; y no estábamos muy receptivos a seguir las dinámicas etílicas de diversión imperantes. Yo al final caí por ese camino, él se mantuvo firme. Siguió su camino con dedicación, demasiado extrema quizá. Se podía sentir el estrés que llevaba en algunos momentos del curso, que llegaba a ser contraproducente en todos los sentidos.

Pero yo seguía mi relajado camino, no muy planteado del todo. Como bien dice Ricard en el libro “mucha gente estudia políticas porque tienen miedo de reconocer que no saben qué quiere para su vida.” Somos los hijos de una generación que casi vivió sin estudios, para ellos la universidad es lo más importante y, explícita o implícitamente, te obligan a estudiar algo. Sin pensarlo. Como una cadena de montaje, tu mente debe pasar por los distintos niveles lo más rápido posible, sin cuestionar, sin saber la utilidad o tus preferencias. Lo importante es sacarte los papelitos, los certificados que aseguren que has pasado por esa cadena. Así que la mitad nos encontrábamos ahí. Nos dijeron que debíamos escoger, con límite de tiempo, el futuro de nuestras vidas; y como a cualquiera le gusta hablar de política, pues escogíamos eso.

Poniéndome técnico y reivindicativo, quizá tengamos que replantearse ese sistema o, más bien, esa creencia. ¿Como vamos a escoger con 17-18 años qué hacer con nuestras vidas, si tan solo hemos vivido entre las paredes de un instituto? Queremos copiar la educación escandinava sin dudarlo. Luego nos olvidamos que la mayoría de sus estudiantes, cuando salen del instituto, se toman un tiempo para escoger. Sin fecha limite, sin presiones, viendo mundo, viajando o buscándose la vida. Conociendo algo más que la alienante educación para saber cuál es su verdadera vocación. Mientras, muchos de nosotros, perdemos tiempo, recursos y pasión por carreras inacabadas y totalmente inútiles.

Y ahí me encontraba yo. Empezando el segundo año y intentándome arrancar la idea confusa de que debía seguir haciendo algo que no me apasionaba. Engañándome, diciéndome que era mi camino. Porque lo fácil es seguir lo establecido, por muy duro que sea el sendero, es más seguro que el abismo de la incertidumbre. Pero mi ausencia de pasión hacía que cada vez mi dejadez fuera a más y mi tiempo en la universidad de lo más inútil.

Con todo ello decidí romper con esa vida. Sabía que un título universitario abría puertas a muchas cosas y que había iniciado uno que, si lo dejaba, debería volver a andar. Pero sentía que mi momento era ahora, que la vida estaba plagado de “lo dejo para más tarde, cuando termine esto”. Era joven, tenía la energía y el tiempo que no tendría jamás, con la única atadura de una carrera que no quería cursar.

Así que acabé con la única atadura que me retenía y ningún aprecio le tenía. En una semana me despedí de mis amigos más íntimos y, conflictivamente, de mis padres. Cogí mi mochila y, con poco dinero en mi bolsillo, emprendí un viaje de rumbo difuso; con el simple objetivo de probarme y conocer, saber de que soy capaz y sentir la vida en lo más esencial y puro. Vivir el hambre en mis pieles, perderme como se pierden los que no tienen destino, hacer de los poemas inspiradores algo real y tangible. Hacer de mi vida, poesía.

Aprendí que solo tú te impones los límites a tu libertad. Si simplemente te dejas fluir por tus sueños o impulsos, de aquello que quieres experimentar o vivir, de esa persona que quieres ser, por encima de los miedos; conseguirás hacer aquello que te propongas. Sobrepasando los miedos inculcados, de que tus sueños sean estúpidos, imposibles o extraños, solo porque salen del camino social alquitranado, como diría Chinato.

También aprendí, que un sueño no debe basarse en el éxito o el fracaso. Para que un sueño sea verdadero, debe apasionarte el camino, no la meta. Si tú sueño es ser escritor, no debes enfocarlo en el éxito, en escribir un bestseller y estar forrado. No, si tú sueño es ser escritor es porque tú sueño es escribir. Así que escribe con pasión y con ganas, vive tu sueño y si al final te encuentras un fracaso, al menos habrás andado un camino de ensueño.

Y con ello en mente me adentré en mi proyecto: Expedición Sin Fronteras. Con él pretendo ser el más joven en visitar todos los países del mundo, batir un Récord Guinness y con ello recaudar dinero para Médicos Sin Fronteras.

Enfrascado en este proyecto me enteré, casi de la misma forma que Ricard se enteró que dejé la universidad, de que él también la había dejado. Supongo que sorprende siempre que pasa con gente que nos estamos sacando la carrera con buena nota. Aunque me sorprendió más que yo le inspirara. Mezcla de estupefacción y halago, sobretodo al leer lo que está consiguiendo expresar después de haber dado ese paso, quizá empujado por mi. Viendo todo lo que es capaz de hacer después de salir de ese lugar que no era el suyo.

Espero mucha fortuna con tu nuevo camino, que se ve cargado de pasión. Ojalá la transmitas fuerte y consigas inspirar a mucha gente a, simplemente, replantearse en qué soñar.

Un abrazo.

Oscar.

ahí. Aunque aquí hable un poco, demasiado, de mí; os paso el enlace del libro, por si os apetece conocer un poco más profundamente la historia de Ricard y como encontró su camino. Una historia real e inspiradora.

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Permíteme danzar en la oscuridad

Y no se como hacerlo. No se si es de ser cobarde, o de ser valiente. No se si es lo que conviene, o un error más. No se si lo haré bien o lo haré mal. No se nada. Pero creo que esta vez tengo que decir un adiós contundente y definitivo.

Y si me preguntas de nuevo, no quiero hacerlo. No quiero dejar de escucharte, no quiero dejar de conocerte, no quiero dejar de sorprenderme. ¿Pero y si, con adiós o sin, ya fuera a dejar de hacerlo?

Siempre he querido luchar por lo que valía la pena, y eso me ha llevado a derrotas absurdas, a heridas profundas de desilusión, que no sanan, pero de las que ignoro sin pretenderlo. Y quizá sea hora de dejar de luchar, de darse cuenta de las cicatrices que uno tiene por batallar a la busca de cortos y escuetos trozos de luz.

El problema es que brillas. Brillas demasiado dentro de una oscura alma, y quizá eso es lo que me haga aún más difícil esta decisión. Aunque quizá solo yo te hice brillar. O quizá estaba harto de tanta oscuridad, que una pequeña vela me cegaba el mundo… de tal manera que solo veía oscuridad.

Y suena algo raro, pero después de mucho tiempo acompañándome me hiciste sentir solo. Me di cuenta más tarde, que mientras la gente se alegraba, me abrazaba y me besaba, yo seguía sintiendo que nada me unía a ellos, que estaba solo. Ellos sentían una conexión que se me hacía vacua y sigo sintiéndome más vacío, cuando la única vela que observaba vacila en apagarse.

Y no hace falta que me digas que no entendí nada. Porque muchas veces no entiendo nada y no me importa. Quiero ser sincero a mi mismo y a mis sentimientos, y cada vez creo que me importa menos lo que tú sientas. Miento. Me importa y mucho. Por eso no quiero escucharlo, no quiero saber lo que ya se, o que me sorprendas para que acabe siendo más empático.

Siempre sorprendes, pero creo que aquí no lo harás. Sé de que se trataba. A los dos nos gustaba oír que le interesábamos a alguien. A todo el mundo le gusta, y durante mucho tiempo solo seguía por eso, por el tonteo y porque siempre reconforta que alguien te envíe sus verdes corazones aunque sea en las antípodas y sabiendo que se trataba de una conversación finita.

Pero entre la broma y el tonteo, te conocí. Lo que empezó con simple superficialidad fue avanzando a descubrir tu ser, que con cada sorpresa más interesante me parecía. Y mientras recuerdo que es un mundo extraño tú ni siquiera recuerdas el nombre que quise compartir contigo. Porque íbamos a distintas velocidades, quizá estábamos en distintas circunstancias.

Cuando me acompañabas me sentía más solo, aunque más feliz. Tú ya tenías a gente que sabías cómo iluminarlas. Pero yo no tenía tiempo, ni quizá fuerzas, en buscar en la oscuridad la luz de las sombras.

Por eso debo apagarte. Aunque ahora brilles tenue, sigo sin ver más que esa luz. Y mientras no pueda huir a otro sitio debo hacerlo. Y habrá oscuridad; completa, implacable y aterradora. Pero déjame danzar en la tenebrosidad. Chocándome, lastimándome, mientras que mis ojos empiecen a distinguir siluetas y al final, poder disfrutar de lo que me rodea, sin reminiscencia artificial.

Se que no te gustan los dramas, pero he aquí el mío. Mi vida es una serie de desilusiones constantes, de las que solo me quito ilusionándome de nuevo con cosas que ni sé, como si nada antes hubiera pasado. Esta vez en que el hastío no florecería en tu ser. Y quizá ahora estoy parando a tiempo, o quizá ya tarde. Quizá por miedo, quizá por sensatez.

Siempre he ido divagando entre conversaciones que me llenan, creando en mi mente nuevas palabras que más tarde puedan crear lo que me dio la primera vez. Mientras, mi atormentada mente, mis inseguridades o lo que mierda sea, acaban cansando a la otra persona, mientras que se aleja dejándome todos los versos en la boca.

Al principio todo fluye bien, fácil y sencillo, pero luego lo complico todo y se vuelve estéril. No se seguir, no se mantenerme, hasta sentir que las relaciones humanas me superan. Algo que quizá te hubiera sorprendido al principio, pero que ahora seguramente ya sospechabas.

Contigo me asusté al echarte de menos y se que eso precipitó todo a que ese cansancio llegara. Y por eso ahora soy más consciente de que aquella precipitación debía haber sido el contundente adiós.

Creo que aún puedo guardar el recuerdo como algo bonito, rememorando feliz cuando me dijiste que te di mucha vida. Aunque eso conlleve a que mis ojos tarden más en aclimatarse en la oscuridad. Porque aún deseo que esa conversación vuelva, aún deseo verte, aun deseo oírte, aún deseo que el adiós jamás llegue. Sigues siendo muy interesante, pero mejor sigue iluminando a quien pueda estar con tu llama sin el eterno movimiento, a quien parado junto a ti tenga tiempo de ver en la oscuridad. Quizá yo necesite vivir en la tiniebla para ver en ella al instante.

Y te pediría que no contestaras a esto, que no lo hicieras más duro, aunque una parte de mi desea que lo hagas. Si lo necesitas hazlo. Pero sino, no hace falta. No me lo pongas más difícil.

Siento todo esto. Mi mente es complicada y estúpida. No se hacer nada fácil. Siempre complicando todo con los dramas que me carcomen y desearía que no estuvieran. Quizá ahora entiendas que yo estoy más loco que tú. Quizá te ayude yo también a destruir todo, si cabe, un poco más. Porque ya da igual que me entiendas o no.

Quizá de aquí tres años me acuerde de ti. Quizá consigas esa exclusiva. Quizá el mundo se nos haga pequeño por un corto instante del tiempo. Quizá algún día, por primera vez, hagamos más pequeña la lista, en vez de agrandarla. Puedes quedarte con eso si quieres, pero yo debo empezar a creer que no será así.

Sigue brillando luz de loto, no hay nada moñas que te pueda decir, porque ya sabes que eres una diosa. Gracias por dejarme bailar en el Olimpo, gracias por darme luz, pero ahora debo aprender a danzar de nuevo en la oscuridad.

Cayendo por el desfiladero

Y no me imaginaba escribiendo esto… no creía que llegaría. Sentía el impulso, la necesidad de hacerlo, pero me refrenaba. Como si el escribir esto fuera aceptarlo. Fuera aceptar que mi corazón se abría de nuevo a ilusiones vacías, al precipicio de la inevitable caída, con las afiladas rocas de la decepción esperando en el fondo.

Pero no puedo evitarlo. Me encanta andar por el desfiladero, soñando con la bellas vistas, asomándome a lo que poco se ve, aunque no haya una mano que me sujete del inevitable tropiezo. Quizá creía tenerla, quizá soñaba tenerla, como un oasis en un desierto de conversaciones vacuas e insulsas.

Pero me enganche a ti. Me gustaban, y aún me gustan, nuestras conversaciones profundas, en las que nos abríamos el alma. Y desde una isla desierta desconecte del mundo entero menos de ti. Paseaba por la playa escuchándote hablar y, por primera vez en mucho tiempo, como si estuviera a solas con alguien. Desde la soledad física y la lejanía más grande posible, me sentí más cerca y acompañado que nunca.

Y después de un eternidad escuchando “no”, me encontraba un tímido “si” a cada esquina de tus verdes pensamientos. Quiero pensar que fue eso, no quiero ser el tonto que se engatusa con caracteres en una pantalla, con voces distintas y dispersas por las ondas.

Pero me torturo a mi mismo recordando conversaciones que me llenaban de un modo que casi había olvidado. Reteniendo ese poema en el que añorabas a aquel que te leía y agradeciendo de poder repetir mil veces la vez que me leíste. Desgarrándome con la nostalgia de esas mañanas que me despertaba con los pensamientos que te suscitaba durante el día. De cuando soñabas que te abrazaba y yo soñaba que tus sueños se realizaban.

Y la tortura más profunda no es recordar. Es ver como voy avanzando cada vez más rápido, más rápido que tú. Alejándome sin parar llegando a sitios que tú quizá ni llegues. Para valorar tus letras de tal manera que tú quizá nunca te plantees. Creando una distancia tan grande como falaz. Xk si en la otra punta del globo te sentí cerca, como nuestros dispares sentimientos no van a hacernos sentir lejos?

Y quizá ahora exagere y tan solo sea la duda la que me incite a recordarte. No sabíamos si en otras circunstancias hubiéramos conectado, pero ¿como hubiera sido todo si ahora no tuviéramos esa distancia insalvable?

Pero a la vez es bonito pensar, que sin que yo estuviera en las antípodas jamás te hubiera conocido. Es bonito pensar que si no hubiera sido por esta distancia implacable nunca nos hubiéramos sentido tan cerca. Es bonito pensar que gracias al no poder vernos he conectado con alguien maravilloso.

Y escribo haciendo todo grandilocuente. Porque se que no hay ese amor en mis palabras. ¿Como voy a enamorarme de alguien de quien jamás he visto su sonrisa? Pero no niego que me has dejado descolocado. Porque quien sabe, quizá de aquí tres años nos acordemos del otro. Quizá de aquí tres años hagamos todo aquello que queríamos hacernos. Quizá de aquí tres años nos reunamos bajo las mágicas luces de la aurora que nos deben, dándonos todos esos abrazos que nos prometimos. Porque si tan lejos nos sentimos cerca, ¿Como será el tenernos entre nuestros brazos?

Destruyendo la pureza

Pura e Impoluta. Hoja blanca sobre la que plasmar arte, se ve ensuciada por las oscuras y negras palabras de mi alma.
Destruyendo la limpieza, la perfección y la posibilidad infinita de crear belleza pura. Derrocada por las letras vacuas de un corazón que tan solo le habla a la pureza que, trazo tras trazo, va matando. Agonizando, brilla entre los contornos de las frases que hieren a quien les da vida.

Pero a pesar del dolor la hoja sigue, con la ilusión intacta. De que la siguiente frase contenga hermosa poesía , de que un pincel acaricie su lisa piel para crear un bello paisaje, de que un sello se estampe fuerte e impune para crear historia, de que antes que el tiempo descomponga su ser, poder albergar arte.

Y mientras, vacila sobre el dolor de cada palabra. Cree no darle importancia. Aunque para siempre formará parte de su ser. Cada vez que aparece una M, ensueña con que sea Minerva. Cada V le hace brillar, ilusionado en que Venus pueda aparecer. Con cada A se deleita imaginando a Afrodita llegar.

Mientras Va Mirando A la Muerte Venir. Valiente se Miente A si Mismo. Aguanta Vocablo tras Vocablo, A la Vida Vencedora, sin Atisbo de Venganza, Manteniendo el Alma intacta, o intentándolo. Si pudo resistir a aquella errata que casi lo mata, porque la “AMAVA”, podría resistir a todo, o eso pensaba.

Pero cada letra apuñalaba lentamente sus ilusiones. No quería ser un magnífico papel de alto gramaje, formar parte de un caro libro o no ser nunca destruido. Quería ser mundano, que cada letra se deleitara en su alma abierta a todo el que pasara. Aceptaba ser pisoteado, arrugado, manchado. Solo quería saber que era tener una vida llena de poesía, sin importar que jamas nadie llegara a verle.

Pero cada letra lentamente le mataba. Por dentro seguía ilusionándose vívidamente con cada Mina, cada Vero o cada Rita. Pero cada palabra le abatía por dentro. Hacia como si nada, intentaba mantenerse lo más brillante posible, siguiendo abierto a que el arte entrara en su ser. Agradeciendo cada Dafne, cada Eros. Disfrutando cada Manet como si fuera un Monet. Como pequeñas luces que le ayudan a brillar en la oscuridad de las palabras vacuas.

Pero cada garabato le afectaba. Aunque se mantuviera firme, se acumulaban ante su pureza. Y cuando las palabras golpeaban fuerte su ilusión, resistía creyendo no poder con el siguiente. Pero un mero verso de Bukowski le hacía volver a brillar, y dejar su corazón y pureza abierta, a la siguiente palabra que le apuñalaría.

Poco a poco sangraba tinta. No sabía si una pequeña palabra acabaría con su limpieza, o sería la ilusión de la siguiente Vanesa la que acabaría con él; desgarrando sus pocas fuerzas para brillar, acabando ennegrecido y con jirones en un baúl perdido, o arrugado en la papelera de lo que pudo ser y no fue.

Y después de una triste palabra, se preguntaba porque seguir buscando. Por qué seguir intentando buscar una poesía que todo lo pudiera valer. Por qué dar todo su ser por cada cruz vacía de cualquier Tápias. Vale la pena seguir compartiendo tu lienzo con la esperanza de una firma de Machado o de Delacroix? Por qué te ilusiona cualquier ola, deseando que sea el suave pincel de William Turner? Quizá ese ansiado, calmado y precioso mar te lleve plácidamente mientras deshace, balanceándose lentamente al ritmo del viento, tus magulladuras y sucias letras, pero junto a él tu pureza que brillaba con cada Mirada, cada Vuelo y cada Amor.

Bratislava en un día

Salimos de Budapest bastante tarde dejándonos pocas horas para ver Bratislava. Llegamos a la preciosa estación de Keleti, donde hace un par de años los andenes estaban plagados de refugiados que a empujones intentaban subir a algunos de sus hijos al tren con destino al paraíso. Pero el cierre de fronteras desdibujó esa triste imagen y la llevó a otros lugares lejos de los focos mediáticos. Así que en los menos concurridos andenes me dispuse a subirme al tren, gratuitamente gracias al Interrail. Continuar leyendo “Bratislava en un día”

Yo he abusado sexualmente

Lo que voy a contar ahora me llevó mucho tiempo aceptarlo, o más que nada entenderlo. Aunque no me llevó menos de un día arrepentirme para siempre. Porque después de casi 5 años puedo decir que sí, yo abuse sexualmente, inconsciente de lo que hacía y tardando mucho en comprenderlo. No solo el hecho, sino cómo la sociedad se mostró pasiva cuando expliqué los hechos y cómo después de todo puedo afirmar que el patriarcado fomenta estas situaciones. Continuar leyendo “Yo he abusado sexualmente”

Llegamos a Budapest, de nuevo en la zona Schengen.

Después de la aventura para salir de Ucrania, llegamos a la capital húngara. Nos apeamos del tren en la estación Budapest-Nyugati, ya anocheciendo y con más de 30 horas de viaje consecutivo a las espaldas. El cansancio era palpable, así que me metí al hostel barato más cercano a la estación. Era el más barato en Booking, pero era esas ganas de coger cama las que me impidieron regatear el precio una vez allí. Continuar leyendo “Llegamos a Budapest, de nuevo en la zona Schengen.”

La aventura para volver a entrar en la Zona Schengen

Siento deciros que este post tendrá poco acompañamiento audiovisual. No hubo tiempo de nada así que tan solo hay un vídeo explicando la situación. Allá vamos.

Volvíamos de Minsk, después de haber disfrutado del loco de Dima y mi estancia en la última dictadura de Europa. Había cogido un vuelo de vuelta a Kiev y debía llegar a la estación para coger un tren a Hungría ese mismo día. Los motivos eran varios. De mayor importancia; no tenía donde alojarme en Kiev y no quería pagar alojamiento; el invierno se acercaba y había que pasar por Siberia próximamente, y al día siguiente era el cumpleaños de mi mejor amiga y quería conexión para felicitarla. Continuar leyendo “La aventura para volver a entrar en la Zona Schengen”