Ebrios descontrolados

El camino prosigue cruzando las tranquilas llanuras hasta llegar a Logroño, donde la noche de San Juan creaba una expectación de descontrol. Los escenarios se estaban montando, algunas terrazas empezaban a prepararse, pero el calor incesante hacía que la ciudad permaneciera en calma, la que viene antes de la tormenta.

Llegamos al albergue parroquial donde, por ahora, solo había extranjeros. Tres chicas de Colorado, tres de Georgia (USA), dos húngaros que siempre se alegran mucho de verme a pesar de no entender ni una palabra de inglés, y un australiano. Además el hospitalero que nos atiende tampoco entendía mucho el castellano. Es por eso que, cuando apareció su compañero madrileño, nos miramos con una mirada de alivio.

Hablamos mientras nos preparamos la comida y comemos. Al terminar me voy a dar un par de vueltas por el centro. Todo seguía desierto, y los pocos que nos atrevíamos a andar parecíamos vampiros, saltando de sombra en sombra. Vuelvo al albergue y le comento al hospitalero una especie de deseo. “A ver si viene algún español.” Ten cuidado con lo que desees.

Al terminar la frase suena el timbre y llega un “peregrino”. La primera causa de no creer que lo fuera, era que no lo había visto hasta entonces. La segunda, que su mochila era demasiado pequeña. Y la tercera y más importante, que iba pasado con el vino. Al parecer solo yo me daba cuenta, quizá porque era el único peregrino que hablaba su idioma, pero su dificultad para pronunciación de palabras y sus tambaleos deberían alertar a cualquiera.

Decido irme y no dejar nada de valor en el albergue. Vuelvo a la hora de la cena comunitaria, y allí ya hablo sobre el falso peregrino con el hospitalero. Quedamos alertados cuando, al preguntarle si quería más sopa, responde “más vino” con la mirada perdida. Un vino que no se le dió.

Al terminar la cena, todos nos vamos para la iglesia, donde nos sellan la credencial y el cura intenta rezar una oración para buscar más adeptos. En esos momentos, el cierrabares dice que no quiere ir a la iglesia. A pesar de que horas antes había ido a la misa de media tarde bien contento.

Suele pasar, gente que no es peregrina se mete en los albergues para intentar robar. Los peregrinos nos conocemos, así que dejamos las cosas de valor solas y a simple vista. Así que veía una buena oportunidad ahora que se iban todos a la iglesia. Pero el madrileño y yo lo teníamos calado. Me quedo con los dos, aunque al final el hospitalero me invita a irme a la iglesia, quedándose los dos ahí. El bueno del madrileño lo metió en el despacho y empezó a darle  la turra con Dios y temas católicos, hasta que el tío, harto, decidió irse por su propia voluntad. Nos había librado de una noche movidita.

Los dos necesitábamos tomar el aire, así que gracias a eso pude salir hasta mas tarde de la hora de cierre. Pero lo cierto es que no hubo mucha fiesta, fue mas bien de despedida, en las grandes ciudades mucha gente lo deja para proseguir otro año. No obstante al final me llama una amiga por teléfono y acabo durmiendo poco más de dos horas.

Al dia siguiente no me mantenía en pie, los tranquilos y bellos paisajes conseguían cerrar mis ojos y dormirme, literalmente, andando. Después de tomarme un par de cafés y ponerme algo de música consigo llegar a Nájera.

Nos alertaron de que allí estaban de fiestas, pero al entrar solo nos encontramos con una familia gitana haciendo una parrillada. “Que fiesta más cutre” pensé. Pero según avanzábamos por el pueblo, empezaban a aparecer, por todas partes, adolescentes con camisetas blancas empapadas de vino. Cada esquina que tomábamos, la fiesta se volvía más loca. Hasta llegar al rio, donde miles de adolescentes se agolpaban bebiendo sin parar.

Nada más llegar ahi, me ofrecieron alcohol y carne a la brasa. Así que llegue al albergue con las manos llenas. Allí me encuentro con los dos jóvenes catalanes, que en cuanto nos abren el albergue, dejamos las cosas y nos vamos a la fiesta. Vamos a comprar al Eroski, donde hay un descontrol increíble. Hordas de jóvenes borrachos robaban a tutiplén, y las empleadas no daban a basto para parar esa marea. Nosotros decidimos no colaborar y pagarlo todo.

Bebemos un poco en el rio y vemos que el desmadre también se presenta allí. Chicos y chicas bañándose con todo puesto, aunque la ropa de algunas chicas no habían conseguido resistir su propio desmadre, el suyo o el de algún chico carbón.

Vuelvo al albergue a por el ukelele. Una vez allí animo a un chico neozelandés y a Ainhoa, una donostiarra que viene con sus padres a acompañarnos. Empezamos a beber, menos Ainhoa que es la unica suficientemente inteligente para saber que beber sin apenas haber comido es una muy mala idea.

No encontramos a los catalanes, pero si con las vueltas. Se trata de un baile popular de allí, con el qual van recorriendo el pueblo hasta el centro histórico. Aquí podéis disfrutar de 5 segundos, no estaba para grabar mucho más.

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Seguimos con la fiesta en el centro, donde aparecen los catalanes y se llevan a Ainhoa. Nos quedamos los dos chicos solos, cantando Bohemian Rhapsody a pleno pulmón. Entramos en el bar y empezamos a jugar al futbolín. Los dos jugábamos igual de mal, y eso que yo por lo menos me se defender.

En mitad del partido el chaval desaparece y me quedo solo buscándole. Al final termino en un bar bailando Kortatu. Vuelvo a la media hora y me informan de que mi compañero ha caído redondo en la cama. Me preparo una cena para forrar el estomago y me voy a dormir.

Es por la noche cuando empieza el show. A media noche mi compañero de parranda se levanta y empieza a orinar. Algunas versiones indican que lo hizo encima de las mochilas de una pareja italiana, otras dice que encima de la propia italiana. Pero eso no le importo a su pareja, ya que al oír los gritos de ella, no dudo en levantarse e ir a atizarle. Pero apareció Santiago, un peregrino cubano., que los separó. En ese instante el neozelandés aprovechó para huir, saliendo por la puerta y haciendo sonar la alarma. Tan solo recuerda despertarse en el rio y tener que entrar por la ventana a recoger sus cosas. Una noche descontrolada que le ha salido cara.

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