Empieza la andadura

Empiezo el viaje sin haber dormido ni un minuto. Las despedidas se hicieron largas y justo en el momento de dar la espalda a mi mejor amiga, la realidad me aplacó imparable. Fuí consciente de que estaba perdiendo todos los momentos que podría vivir con mis amistades recién reforzadas o que, quizá, las perdiera como tal por completo.Tenía tan solo 3 horas para dormir, pero mucha faena que hacer y mucho que asimilar. Finalmente me tiro la noche en vela, en un estado ausente y dubitativo. No consigo terminar todo el trabajo, así que me dejo una parte para el Camino.

Cojo el tren en Barcelona a las 6 de la mañana. Ahora el sueño empieza a ganar terreno a la fuerte melancolía de las despedidas. Hasta tal punto que aparezco en un ronquido en Pamplona.

Caminando, aún bastante adormilado, llego a la estación de buses para ir a St Jean Pied de Port. Una vez más, aparezco allí de un ronquido. Mejor, porque mientras todos acabaron mareados con todas las curvas, yo terminé que una buena siesta.

Empiezo a hablar con los primeros peregrinos, todos desperdigados por él pequeño casco antiguo buscando los albergues. Al final encuentro el más barato, uno regentado por una señora algo alocada, aunque no más que sus normas. La primera, que todos tienen que ir descalzos. La segunda, que no se podían tomar fotos de la clave del wifi, una clave muy fácil de aprender. Tercera, a las 6 de la tarde todos tienen que irse 1 hora fuera. Y por ultimo, y no menos importante, si alguien se levantaba antes de las 7, no les dejaría salir. Eso juntado con sus 10 gatos y sus dos perros, hacen del lugar algo más que peculiar.

Al día siguiente salimos temprano todos los peregrinos, listos para cruzar los Pirineos. Una densa niebla impedía no ver más allá. Pero sin vernos sabíamos que todos cogeriamos el camino difícil, el que en La Oficina de información tildaron de muy bonito.

Sabiamos que había que subir muy arriba, así que la primera hora fué coherente. Pero la cuesta seguía, dejando la niebla por debajo de nuestros pies, creando una especie de océano vaporizado.

Seguimos subiendo durante horas, y más de uno, incluido yo, maldecía a la pobre señora que dijo: “éste es el más bonito”. Varias vacas se cruzaron en nuestro Camino pensando que estamos atontados.

Pero después de mucho sudor y lágrimas, llegamos jadeando a uno de los lugares más bellos del Camino. Se trata de una cima en la que se pueden observar varios picos de los Pirineos. La naturaleza acompaña esa belleza increíble, los verdes prados bailan con el viento, mientras las Águilas lo planean bajo nuestros pies y los buitres sobre nuestras cabezas. Quizá estuve allí detenido más de media hora, sin mediar palabra alguna.

Después de ese momento de descanso, seguímos por esas alturas una hora más y empieza el descenso, uno bastante precipitado, que deja los pies bien destrozaros. Pero no me podía quejar ya que, durante éste, conocí un hombre increíble. No solo estaba haciendo el Camino con sus más de 70 tacos, sino que además corría maratones y duathlones. Una máquina.

Llegamos a Roncesvalles, donde me quedo con Tom; un australiano que decidió en 3 días coger la mochila y venirse al Camino. Todo un aventurero.

Es en el albergue donde conozco a un granaíno muy peculiar. Ha recorrido más de 50 países en bicicleta y algunos otros en moto. Viviendo y sufriendo auténticos peligros. Incluso llegó a cruzar una ruta en Mauritania donde pocos días antes Al Qaaeda secuestró a un europeo.

Un buen dia para conocer aventureros, aunque después de ver los km que quedan hasta Santiago me replanteo, quizá, tomar una vida más rápida.

 

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