La aventura para volver a entrar en la Zona Schengen

Siento deciros que este post tendrá poco acompañamiento audiovisual. No hubo tiempo de nada así que tan solo hay un vídeo explicando la situación. Allá vamos.

Volvíamos de Minsk, después de haber disfrutado del loco de Dima y mi estancia en la última dictadura de Europa. Había cogido un vuelo de vuelta a Kiev y debía llegar a la estación para coger un tren a Hungría ese mismo día. Los motivos eran varios. De mayor importancia; no tenía donde alojarme en Kiev y no quería pagar alojamiento; el invierno se acercaba y había que pasar por Siberia próximamente, y al día siguiente era el cumpleaños de mi mejor amiga y quería conexión para felicitarla.

En fin, llegamos a la capital ucraniana, cambiamos un euro que tenía suelto a grivnas para pillar el bus y salimos a toda prisa. Esquivo a varios taxistas queriendo llevarme ellos en coche y me meto en el trolibus. Intento confirmar si va a la estación de trenes, pero allí no entienden ni papa de inglés. Al final haciendo el ruido y el gesto del tren un pasajero me entiende y me lo confirma.

Al llegar bajamos el pasajero y yo y dice que me acompaña a la estación. Se trataba de un hombre de unos 40 años, cara eslava, claro sobrepeso y manos fuertes. Lo primero que me dice es si me gusta el whisky. Afirmo con la cabeza y saca una bolsa con un Ballantine’s dentro. Le echamos un trago ambos y seguimos a por los trenes.

A base de gestos y palabras muy simples conseguimos tener una conversación de lo más banal. Al final me deja justo donde se venden los billetes, después de dar más vueltas de las que yo daría solo. Aún así me despido agradecido y voy a la taquilla.

Después de una serie de vueltas de taquilla en taquilla y luchando en unas colas que no se respetan, conseguimos encontrar un tren. Pero solo había primera clase. El precio tampoco subía mucho, así que acepto, pero al sacar la tarjeta me dicen que solo se puede en efectivo.

Vuelta atrás, cambiamos el dinero necesario y volvemos a hacer la cola, para que justo al llegar nos digan que el tren está lleno. Les pregunto si puedo ir a otra ciudad y de allí coger uno a Budapest y me dicen que no. Salgo de la cola y me pongo a buscar si hay alguno, y así era. Aunque era un poco inseguro encontrar el tren, la única opción era ir hasta Lviv.

Volvemos a hacer la cola, preguntamos para ir a Lviv esa misma noche y ¡bingo! Hay tren. Pero debo ir a otra ventana, ya que esa era de destinos internacionales. Hacer la cola una vez más, pero esta vez se hace un poco más ameno. Me pongo a hablar con un palestino, que creía que yo era de origen árabe también. Le explico que quiero ir a Lviv para luego ir a Budapest y no solo me deja pasar sino que además se pone a hablar en ucraniano con la de taquilla.

Pero no todo iba a ser tan fácil. El tren estaba lleno. Seguía sin entender como se llenaban tan rápido los trenes, pero insistiendo le pregunto al amigo palestino si hay alguna forma de ir a Lviv esta noche. A lo que me responde que sí, hay autobuses.

Me dice que le acompañe a la terminal y yo confiado le sigo. Pero la confianza empieza a desvanecerse cuando entramos en callejones por los que obviamente no pasaba ni un coche. Ya cuando entramos a la más oscura y solitaria, se gira y me señala a su izquierda. Asomo por la esquina y allí estaba, un montón de autobuses con baja iluminación y un caos de gente hablando ucraniano.

Me siento mal por desconfiar de él porque no solo me lleva sino que me busca un bus que llegue. Después de casi media hora dando vueltas y hablando con gente encontramos a un hombre que va a Lviv, el palestino le explica toda mi historia y dice que le acompañe que subiremos juntos al bus.

 

A la media hora subimos al bus, algo oscuro y destartalado. Nos sentamos e intentamos ponernos cómodos para pasar la noche. Pero hoy no iba a ser un día sencillo. Llegan tres hombres borrachos, haciendo ruido. Se sientan detrás de nosotros y empieza una fiesta de risas, comentarios inteligibles incluso para los propios compatriotas y movimientos que no nos dejaban tranquilos.

Cuando al fin consigo conciliar el sueño nos despiertan. Estamos en Lviv. Son las 4:30 y hemos llegado. Mi compañero me intenta preguntar si quiero coger el tren ya, y le respondo que sí. Vamos a la estación y me ayuda a encontrar el billete, aunque como en Kiev dimos más vueltas que si lo hubiera hecho solo.

Preguntamos por un tren a Budapest y lo encontramos. Resulta ser el mismo que estaba lleno en Kiev, pero con la gente que se bajaba en Lviv había sitio. Me dispongo a pagar pero con el dinero gastado en el bus y en el supermercado, no me llega. Tenemos que volver a cambiar dinero.

Salgo corriendo a buscar el lugar que me había indicado. No quería perder tiempo ya que por regla general a la vuelta ya estaría lleno el tren. Pero no hay manera de encontrarlo, después de preguntar a 4 o 5 personas y que ni una me entendiera, llego al lugar. Por la iluminación parecía un prostíbulo donde además cambiaban dinero, pero no quise averiguar mucho más.

Con el dinero en mano me voy corriendo a la estación, con la lluvia empezando a caer sobre mis espaldas. Llego a la taquilla jadeando y sin mediar palabra pongo el dinero delante de ella. Mira el ordenador y…. ¡Al fin! tenemos billete para entrar a la zona Schengen de nuevo. Próxima parada Budapest.                .

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