Llegada Holanda y visita de Breda

Cogemos el tren dejando Amberes y con ella la maravillosa Flandes. Me quedo encantado con Bélgica y voy con las expectativas muy altas para Holanda. Nadie me ha hablado nada de Breda. Tan solo quería ir por que me sonaba del cuadro de Velázquez y porque crecí en un pueblo de la provincia de Girona, llamado Breda. No sé me hacía gracia.

Lo cierto es que  mi llegada al país no podía ser mejor. Tenía Couchsurfer y me venía a buscar a la estación. No solo eso, me traía una bicicleta para poder ir on ella a su casa. Es el medio de transporte por excelencia del país, aunque aún no entendería hasta que punto.

 

Llegamos a casa de Hans, que más bien es un despacho dentro de una antigua empresa. Sí, su casa es un pequeño apartamento de lo que antes fue unas oficinas. Tiene como dos despacho, uno sala de estar con cocina y el otro habitación. Cabe destacar su gran pasión por la música. Tiene cientos de cds y vinilos, no exagero. Un armario que ocupa casi toda la habitación lleno.

 

Pasamos la noche charlando con una cerveza en mano y la comida vegetariana que me ha preparado. Se va a su habitación y me deja la llave para que deje el apartamento cuando desee. Por la mañana me levanto sin mucha prisa y me tiro hasta el mediodía trabajando.

 

Salimos de su casa y vamos a ver Breda, quizá esperando una arquitectura y encanto comparable al de Flandes. Supongo que a eso se debió mi decepción. Breda, siendo objetivos, tiene su encanto. Calles cuidadas con flores, una iglesia gótica y unos parques muy limpios y tranquilos. Pero para mi le faltaba algo.

 

Aún me quedaba la baza del castillo de Breda. Quizá tuviera algo interesante. Vaya que si lo tenía. Había nenúfares. No recuerdo si los había visto alguna vez.

 

Breda no me ofrecía ningún monumento interesante, así que decidí aprovechar el día para dar algunas vueltas por los parques y relajarme. Me dí cuenta de algo curioso, que por los parques campan gallos y gallinas a sus anchas.

 

Sobre las 5 me voy yendo para la estación. Allí me encuentro una vez más con Hans para ir a tomar una cerveza. Encima me invita el chaval. Lo cierto es que es muy buena gente. Me despido con un abrazo y me voy para Wageningen, donde me espera una amiga del Camino de Santiago, que conocí en mi primer viaje en solitario. Podéis leerlo en el diario de mi primer viaje, gratis para quien quiera que le de aún más la turra.

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