Llegamos a Ginebra

Después de Berna pasada por agua, llegamos a Ginebra chispeando. Mi Couchsurfer no respondía aún a mis mensajes, así que me quedo deambulando por la estación, refugiado de la lluvia y chupando wifi. Eso sí evitando a los seguratas, que no quieren a nadie con pintas raras en postura relajada.

Finalmente me responde y me voy para su casa. Me cuesta bastante encontrarlo y la gente que pregunto no ayuda. No entienden mucho el inglés. Después de ir moviéndome por todo el centro en busca de wifi, acabamos quedando en frente de una floristería. Antes le compro una botella de vino, que ponía en su perfil que le gustaba,

Llega un pelín tarde, pero se presenta con una sonrisa, hablando español con una mezcla de acento argentino y francés. Pide disculpas por el acento suramericano, como si no supiera que mola más. Subimos a su casa que tiene unas vistas a la calle principal de Ginebra.

 

Dejo las cosas y me ofrece dar una vuelta por la ciudad en bicicleta. Lo cierto es que no tiene muchos monumentos impresionantes o con una arquitectura artística. Aún así me lleva a ver la Ginebra alternativa, la que no ostenta.

Vistas en uno de esos barrios alternativos.

Acabamos llegando a un pequeño bosque donde el río Ródano se une a su afluente, dos ríos muy distintos. Uno claro, limpio e impoluto; el otro sucio, arenoso por su removido recorrido.

 

Volvemos a casa y allí me prepara una comida vegana. Unos boniatos al horno con una salsa echa con aguacates. Al terminar tocó un poco el didyeridú mezclado con música electrónica.

 

Por último, al hacer el vídeo presentando a mis anfitriones, empezó a salir una pequeña entrevista improvisada. Lo cierto es que él es un gran viajero. Al hacer el servicio militar obligatorio, llegó a ser cabo y ahorró bastante dinero. Así que decidió usarlo para pasarse una buena temporada viajando.

 

Antes de ir a dormir me avisa de que mañana van a ir a hacer un partido de voley-playa y que si me quedara un día más podría enseñarme más cosas. Al final decido quedarme una noche más y así relajarme un poco.

Al día siguiente me quedo la mañana trabajando y después de comer nos vamos a jugar al ansiado voley. Vamos en bicicleta con un amigo suyo chileno y llegamos a un complejo deportivo enorme. Hay de todo y todo público, puede usarlo cualquiera. Fue algo que me encantó de Ginebra.

Pasamos un par de horas jugando, en las que a poco a poco, voy jugando mejor, recuperando lo que ya sabía y ganando más confianza. Lo cierto es que en Suiza hay mucha afición al voley-playa y hay bastante nivel. Aunque William y sus amigos no tenían mucho, sino no tendría nada que hacer.

Al terminar yo me voy para casa y él a el cumpleaños de un familiar. Aprovecho para preparar la cena para los dos. Comemos con algo de prisa, ya que hemos quedado con sus amigos, aún así le da tiempo a enseñarme otro extraño instrumento.

 

Al final llegamos tarde, pero al menos conseguimos ver el final del la fiesta. Se trata de un concierto al aire libre de música africana. Al final el grupo invitaba a gente del público a bailar y se producían escenas como estas, donde una chica se desataba y bailaba con pasión frente miles de personas.

 

Cuando acaba, nos vamos a un parque, donde William me invita a una cerveza y hablamos sobre el mundo, dibujando revoluciones, cambios sensatos y ecológicos, ensoñando con una evolución consciente del ser humano. Nuestra conversación viajera y utópica continúa hasta el final de la noche, donde nos despedimos con un abrazo y antes de irme a dormir, me ofrece una bolsa llena de comida para el viaje de mañana. Sin duda, tuve la suerte de caer en Ginebra y conocer a una increíble y generosa persona.

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