Preludio

Con este pequeño final del prologo inicio el trabajo en este blog para seguir mi viaje. Después de un mes sin publicar nada intentaré ir publicando cada 3 días a las 17:30 de la tarde. Quizá algún día solo publique algún poema o recomendación, pero intentaré ir contando todo aunque sea con retraso.

El Camino terminaba con dos noches en Finisterre. La primera, más tranquila y espiritual; llegué solo, con unas litronas y esa sensación indescriptible que se tiene al llegar allí. Quizá sea por el lugar, por llevar más de un mes andando, sin ver el océano, con ese objetivo. Quien sabe.

Una vez en la majestuosa roca, me dispuse a sentarme en una roca, mientras el sol se iba alejando por el horizonte, mientras los míseros mortales nos acercábamos hasta allá donde no se podía andar más, el límite que nos imponía la naturaleza, el fin de la tierra. Y des de allí nos despedíamos del sol, y él de nosotros; dejando a los mundanos en esa roca, impotentes.

Con ukelele en mano acompañé con música su partida. Luego, la noche prosiguió con la luz del ocaso. Me disponía a buscar un buen sitio para acampar, pero en ese momento me encontré con varios amigos, algunos hacía semanas que no veía. Habían empezado a encender una pequeña hoguera, así que con el calor que brindaba esta y las botellas de vino y cerveza; pasamos allí un buen rato.

Pasada la media noche los peregrinos emprenden su largo camino al albergue con un estado de embriaguez bastante alto, mientras yo, algo más sereno, buscaba un lugar meter la tienda.

Aquí el lugar donde planté la tienda. Un lujo de vistas.

Encuentro uno no muy escondido, así que me voy a acostar con la preocupación de que la policía me multe. Hasta tal punto de soñar que a me quedaba dormido hasta las 9 de la mañana y me despertaba la guardia civil con una buena multa. Me despierto sudoroso y miro el reloj. Son casi las 8. Mejor recoger y no tentar a que mis sueños sean premonitorios.

Aunque tampoco impide disfrutar un poco de las vistas

Bajo al pueblo y me meto en un café para trabajar mientras abren el albergue municipal. A la una voy para allá a hacer cola y según me acerco a la recepción veo los problemas. Varias personas intentan entrar habiendo llegado ayer y no les dejan quedarse, ya que el municipal es para la gente que llega ese mismo día. El que iba delante mío le vieron que llegó ayer en la credencial, así que nanai. Pero al llegar yo no me dicen nada, y me quedo calladito porque necesito una ducha y lavar la ropa.

El día prosigue con los quehaceres de la vida peregrina más trabajar un poco. Finalmente la noche se acerca, así que una vez más, con litrona y ukelele en mano. Arriba me encuentro con otros peregrinos. Con los de la fiesta buena de Santiago. (Si, yo fui el único valiente en caminar a la mañana siguiente con la resaca).

Las nubes impiden ver cualquier cosa que se le pareciera a una puesta de sol. Pero no íbamos a hacer que eso impidiera nuestra fiesta. Primero en el cabo y luego bajamos al pueblo, donde el licorcafé acompañará a la cerveza. Allí conozco a unos italianos a los que les toco bella ciao con el uke y ellos a mí, “el vals del obrero”. Que grandes!

Finalmente termino solo en un bar, acabándome mi cerveza. Lo dejo a las 2 de la mañana, no mucho más tarde que el resto de peregrinos. Me acuesto tarde y deseando no tener una resaca importante mañana, ya que debo a ir a un pueblecito (Dumbría), al que no sé como llegar por su falta de conexiones, para tomar mi BlaBlaCar a Oporto. Empieza la verdadera aventura; la verdadera Expedición Sin Fronteras.

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